ACTO PRIMERO
He aquí el tinglado de la antigua
farsa, la que alivió en posadas aldeanas
el cansancio de los trajinanltes,
la que embobó en las plazas de
humildes lugares a los simples villanos,
la que juntó en ciudades populosas
a los más variados concursos,
como en París sobre el Puente
Nuevo, cuando Tabarín desde su
tablado de feria solicitaba la atención
de todo transeúnte, desde el
espetado doctor que detiene un momento
su docta cabalgadura para
desarrugar por un instante la frente,
siempre cargada de graves pensamientos,
al escuchar algún donaire
de la alegre farsa, hasta el pícaro
hampón, que allí divierte sus ocios
horas y horas, engañando al hambre
con la risa; y el prelado y la
dama de calidad, y el gran señor
desde sus carrozas, como la moza
alegre y el soldado, y el mercader
y el estudiante.
